Recuerdo el día en que "aprendí" a conducir. Más bien, el día que cogí por primera vez un coche.
Nos dio por coger un coche que estaba en la parte de atrás de una casa de campo. Era un sábado de agosto, todo el mundo estaba de botellón... Nosotros veníamos de él, eran apenas las tres de la mañana y sí, ya estábamos en un estado que podría calificarse como Embriaguez Extrema, una EE, vaya.
David me cogió de la mano y me besó. Sus labios sabían a porro, alcohol y tabaco, pero me volvía loca. Yo tampoco podía oler muy diferente...
-¿Quieres aprender a conducir?
-¿Qué?
-¿Quieres?
-Pero... ¿Ahora?
-¡Claro! ¿Por qué no?
-Se me ocurren mil razones...
-¿Todavía estás sobria o qué? -Contestó, riendo. Yo tenía mis dudas
-No, qué va, fíjate, no podría andar en línea recta ni aunque lo intentase...
-Pues ya está, súbete.
-¿A dónde?
-Al coche ese blanco. El otro día mi primo y yo lo cogimos. Está abierto.´El dueño es el viejo este de las gallinas -dijo, riendo todavía
-¿Y las llaves? -Se calló derrepente. Me miró serio, pero divertido, se colocó el cigarro entre los labios y le dió una calada. Sin quitarse de ahí el cigarro, habló.
-¿Sabes lo que es un puente? -Le miré, con la ceja levantada. -Vamos, vente.
Echamos a correr hacia el coche que antes habían estado usando El Primo y él para hacer trompos por el descampado de al lado. Se agachó frente al asiento del piloto, no me dejó ver lo que estaba haciendo... El cielo mostraba cada una de sus estrellas, y todas daban vueltas. El coche comenzó a rugir. Cuando salió, subí en el asiento del piloto y él en el de al lado. Se quitó la camiseta y envolvió el volante.
-¿Qué coño haces?
-¡Principiante...!-dijo, mientras soltaba el aire por la nariz, riendo, con el pitillo aún en la boca. Rompió una manga de la camiseta vieja que llevaba y envolvió también la palanca de marchas. Cogió el freno de mano con un clínex y le quitó la funda de terciopelo. Agarró el metal lleno de aceite con toda la mano.
Agarré inexperta, el volante con las dos manos y me puse el cinturón. Me miró divertido.
-¿Qué coño haces?
-Tú mismo lo has dicho, soy una principiante - contesté, sonriente. Él miró a la oscuridad, divertido tal vez por mi inocencia... Tal vez por la falta de ella.
-Mete primera.
-¿Así? - La palanca crujió y el puso una mueca de dolor como si fuese suyo el coche. Me hizo gracia.
-Más o menos. Pisa el acelerador despacio.
-¿Cómo de despacio?
-Despacio -apenas pisé el pedal, el coche ni se movió - A ver, cielo -dijo, paciente-, un poquito más a fondo, ¿eh?
Apreté el pedal un poco más. El coche se empezó a mover. Al darme cuenta de que no era tan brusco, apreté más aún el acelerador. En realidad no fue hasta el fondo, ni mucho menos, pero sí tal vez demasiado de golpe. No sé ni cómo, David, que se había dado cuenta de lo que iba a pasar, se me echó encima en apenas unos segundos y una fuerte sacudida golpeó el coche. Instantes después, todo lo que se veía alrededor del coche era polvo.
-¿Estás bien? - Su voz sonaba como un eco en mi cabeza, y su risa despreocupada me resultaba graciosa, era como si la escuchase por un filtro, pero me espabilé cuando comenzaron a sonar las sirenas de la policía. Su sonrisa se esfumó al instante al mirarme- Mierda, ¿te duele algo? ¿puedes andar?
-Estoy bien...
-Pues corre. ¡Corre, corre, corre! - Salió del asiento del copiloto a toda prisa riendo a carcajada limpia, me sacó a mí y, con los tacones en la mano, nos perdimos riendo en la oscuridad de la noche con una buena EE encima.
Apreté el pedal un poco más. El coche se empezó a mover. Al darme cuenta de que no era tan brusco, apreté más aún el acelerador. En realidad no fue hasta el fondo, ni mucho menos, pero sí tal vez demasiado de golpe. No sé ni cómo, David, que se había dado cuenta de lo que iba a pasar, se me echó encima en apenas unos segundos y una fuerte sacudida golpeó el coche. Instantes después, todo lo que se veía alrededor del coche era polvo.
-¿Estás bien? - Su voz sonaba como un eco en mi cabeza, y su risa despreocupada me resultaba graciosa, era como si la escuchase por un filtro, pero me espabilé cuando comenzaron a sonar las sirenas de la policía. Su sonrisa se esfumó al instante al mirarme- Mierda, ¿te duele algo? ¿puedes andar?
-Estoy bien...
-Pues corre. ¡Corre, corre, corre! - Salió del asiento del copiloto a toda prisa riendo a carcajada limpia, me sacó a mí y, con los tacones en la mano, nos perdimos riendo en la oscuridad de la noche con una buena EE encima.

No hay comentarios:
Publicar un comentario